El problema español ha sido siempre objeto de debate. De estudio cómo diría el bueno de Eladio tomando un chatito de vino en el bar de la plaza del pueblo. Ahora está más candente que nunca dado el aguacero que está cayendo. Para empezar no tenemos materias primas valiosas como petróleo y gas que nos solucionarían la vida como a Noruega o cualquier país árabe. Pero siendo sinceros, conociéndonos seguro que acabaríamos las reservas en un pis-pas. Para seguir, nuestra situación geográfica juega en contra ya que estamos aislados, somos una isla no tenemos mucho tránsito del que podamos sacar partido.
Vayamos por las cosas que sí tenemos, sol, buenas playas y un clima que ofrece unas excelentes perspectivas de vida cuando uno piensa en jubilarse. También tenemos o teníamos la red de cajeros automáticos más extensa por habitante del mundo. Los bancos y cajas formaban parte de nuestro barrio. También teníamos una creciente necesidad de entrar en Europa a toda costa y demostrar al precio que fuera que éramos los mejores de la clase. El cóctel nos ha salido demasiado fuerte en lo que a alcohol se refiere, y ahora nos espera una digestión pesada con un sabor más que amargo. Ah, me dejaba los chorizos pero creo que de eso hay en todos lados pero lo de las bolsas llenas de pasta al calor del tocho se presentaba irresistible a más de uno.
Mi modesta opinión como Evaristo Dosdías es que en España fallan los cimientos. Falla la educación. Falla el hecho que el nivel medio de inglés sea muy bajo aún hoy en día. Falla el hecho que después de más de 30 años de democracia ningún presidente español haya sido capaz de hablar inglés, requisito indispensable para cualquier camarero en un bar de la costa española. Falla que no se enseñe a hablar en público, que no se obligue a los niños a salir más a menudo a la pizarra, a perder la vergüenza. Esto es algo que hacen muy buen los ingleses. Falla que la gente no entienda que las cosas cuestan dinero, y que para poder disfrutar de ellas hay que pagar unas cosas dolorosas que se llaman impuestos. Basta de listillos de la clase que no pagan y se aprovechan. Y la puntilla, e imagino que más de uno no estará de acuerdo hay que confiar más en uno mismo y dejar de aferrarse a la silla (trabajo), ser más ambicioso en lo que a proyección profesional se refiere y ser más profesional.
Que nadie dude que de todo se sale, lo que hay que intentar es salir lo antes posible y al menor precio posible. Por tanto, si un candidato no habla inglés por lo menos (en mi opinión debería hablar por lo menos dos más), debería no poder acceder al puesto. Qué las judías nos la jugamos con tipos que hablan en inglés y es indispensable tener buen “feeling” con ellos.
Simple y llanamente.
martes, 14 de febrero de 2012
domingo, 12 de febrero de 2012
Sweet Lucy
Las gotas repican sobre la claraboya. Es de ese tipo de ruidos que se pueden catalogar como placenteros. Lucy está profundamente dormida, tiene la inmensa suerte de dormir a pierna suelta. No recuerdo demasiadas cosas de la noche anterior. Tan sólo los básicos de la misma. Noche, alcohol, tabaco, música y taxi de vuelta a casa. Ayer por la tarde quedamos varios del cole unos 15 años después para volvernos a ver y tomarnos unas birras.
A priori, siempre he sido reacio a este tipo de cosas. Nunca me han gustado los momentos artificiales o los reencuentros forzados. Pero mi mal humor constante hizo que Willie me obligase a ir. Me dijo que las chicas estaban guapísimas y todas habían preguntado por mí la última vez. No me lo creí, porque nunca fui “un sospechoso habitual” en el cole. Acepté con más desgana que ilusión, lo cual no le sorprendió al bueno de Willie. Él ya estaba satisfecho.
Al llegar estaba todo el mundo. Es lo que tiene pararse a hace un par de birras con Willie en otro bar, que uno se lía y llega tarde. Visualicé la escena rápidamente y allí estaban los memos del cole, unos calvos, otros gordos, otros iguales, algunas tías buenas echadas a perder, algunos patitos feos venidos a mejor,…. Pero escondida o más bien agazapada estaba Lucy. Mmm, mi dulce Lucy, con ella siempre tuve una conexión especial. La gente decía que salíamos juntos pero nada más lejos de la realidad. Ella me gustó bastante tiempo y creo que yo le gusté otro tiempo- El problema fue que no hubo coordinación de tiempos y todo quedó en una buena amistad. Luego, los quehaceres y el día a día fue engullendo todo aquello y dejamos de vernos, de saber el uno del otro.
Hasta ayer. Había imaginado esto millones de veces quince años atrás y ahora fue salir al campo y meter gol. Qué fácil es todo con 30 y pico y qué difícil es la etapa adolescente.
Aunque en el fondo todo se reduce a salir, beber, el rollo de siempre….
A priori, siempre he sido reacio a este tipo de cosas. Nunca me han gustado los momentos artificiales o los reencuentros forzados. Pero mi mal humor constante hizo que Willie me obligase a ir. Me dijo que las chicas estaban guapísimas y todas habían preguntado por mí la última vez. No me lo creí, porque nunca fui “un sospechoso habitual” en el cole. Acepté con más desgana que ilusión, lo cual no le sorprendió al bueno de Willie. Él ya estaba satisfecho.
Al llegar estaba todo el mundo. Es lo que tiene pararse a hace un par de birras con Willie en otro bar, que uno se lía y llega tarde. Visualicé la escena rápidamente y allí estaban los memos del cole, unos calvos, otros gordos, otros iguales, algunas tías buenas echadas a perder, algunos patitos feos venidos a mejor,…. Pero escondida o más bien agazapada estaba Lucy. Mmm, mi dulce Lucy, con ella siempre tuve una conexión especial. La gente decía que salíamos juntos pero nada más lejos de la realidad. Ella me gustó bastante tiempo y creo que yo le gusté otro tiempo- El problema fue que no hubo coordinación de tiempos y todo quedó en una buena amistad. Luego, los quehaceres y el día a día fue engullendo todo aquello y dejamos de vernos, de saber el uno del otro.
Hasta ayer. Había imaginado esto millones de veces quince años atrás y ahora fue salir al campo y meter gol. Qué fácil es todo con 30 y pico y qué difícil es la etapa adolescente.
Aunque en el fondo todo se reduce a salir, beber, el rollo de siempre….
martes, 7 de febrero de 2012
dulce condena
James ajusta la ventana y la cierra. Esta noche vuelve a hacer frío. Y ya van cinco seguidas. Mira cómo el mercurio se queda de nuevo por debajo de ese número infernal que es el cero. James se frota las manos en busca de calor instantáneo y placentero pero que apenas durará unos segundos. Mira orgulloso esas pantuflas horrorosas de color burdeos con una borla y con la suela de cuadrito inglés. Esboza una media sonrisa cómo el niño que sostiene una pelota de béisbol el segundo antes de lanzarla contra la ventana de la vecina. Su pijama de algodón le mantiene a salvo del tan temido frío. El batín que va a juego con las pantuflas acaba de reconfortar su magullado cuerpo.
Se sabe a salvo a nivel físico, sabe que su cuerpo ya no sufrirá las inclemencias del tiempo. De la misma forma que es consciente de esto, sabe que le va a ser difícil pegar ojo. Ayer no pudo, ni el día anterior, ni el otro.
Su cara se le aparece en el preciso instante que junta los párpados y se lo tiene aterrorizado. Esa imagen le paraliza y le impide dormir.
Una vez leyó que un hombre puede estar sin dormir un máximo de once días y él ya ha recorrido la mitad de ese camino y se encuentra cada vez peor.
La lógica cartesiana dictaría que llamar a un médico podría poner remedio a eso. Pero él no tiene acceso a eso. Sabe que es el pasaporte a la cárcel. Prefiere morir a volver a la jaula.
Baja al sótano a comprobar que todo esté en orden. El arcón frigorífico está dónde siempre y cerrado a cal y canto con un candado. Él sabe quién está dentro. El bueno del señor Mortimer, el señor mayor viudo y sin familia al que llevaba estudiando desde hacía tres meses desde el banco del parque.
Prefiere morir de sueño que de frío. Es su dulce condena.
Se sabe a salvo a nivel físico, sabe que su cuerpo ya no sufrirá las inclemencias del tiempo. De la misma forma que es consciente de esto, sabe que le va a ser difícil pegar ojo. Ayer no pudo, ni el día anterior, ni el otro.
Su cara se le aparece en el preciso instante que junta los párpados y se lo tiene aterrorizado. Esa imagen le paraliza y le impide dormir.
Una vez leyó que un hombre puede estar sin dormir un máximo de once días y él ya ha recorrido la mitad de ese camino y se encuentra cada vez peor.
La lógica cartesiana dictaría que llamar a un médico podría poner remedio a eso. Pero él no tiene acceso a eso. Sabe que es el pasaporte a la cárcel. Prefiere morir a volver a la jaula.
Baja al sótano a comprobar que todo esté en orden. El arcón frigorífico está dónde siempre y cerrado a cal y canto con un candado. Él sabe quién está dentro. El bueno del señor Mortimer, el señor mayor viudo y sin familia al que llevaba estudiando desde hacía tres meses desde el banco del parque.
Prefiere morir de sueño que de frío. Es su dulce condena.
jueves, 2 de febrero de 2012
Honor!
Perseguiste los pasos que dejaste atrás,
Aplaudiendo los hechos consumados,
Sin perder de vista a los demás,
Ya fueran alabanzas o pecados.
Probaste a escapar de aquel tormento,
Huir de todo aquello que olía a derrota,
Con más coraje que aliento,
Y tu sangre derramada gota a gota.
La sonrisa burlona de la guillotina,
El grito desgarrado de muchos a raudales,
El verdugo con más hastío que inquina,
La traición de los sospechosos habituales.
El beso frío de la cuchilla,
El llanto vacío de los tuyos,
Del susto a su gran pesadilla,
Hurra sin contener de los suyos.
Te sientes tranquilo y liberado,
Dejando atrás al vil y al canalla,
Ahora que todo ya ha pasado,
Ya no queda ni fragor ni batalla.
Aplaudiendo los hechos consumados,
Sin perder de vista a los demás,
Ya fueran alabanzas o pecados.
Probaste a escapar de aquel tormento,
Huir de todo aquello que olía a derrota,
Con más coraje que aliento,
Y tu sangre derramada gota a gota.
La sonrisa burlona de la guillotina,
El grito desgarrado de muchos a raudales,
El verdugo con más hastío que inquina,
La traición de los sospechosos habituales.
El beso frío de la cuchilla,
El llanto vacío de los tuyos,
Del susto a su gran pesadilla,
Hurra sin contener de los suyos.
Te sientes tranquilo y liberado,
Dejando atrás al vil y al canalla,
Ahora que todo ya ha pasado,
Ya no queda ni fragor ni batalla.
miércoles, 1 de febrero de 2012
marionetas del pasado
Mi padre trabajaba en la Panasonic. Era comercial de pequeño electrodoméstico y cubría el sur de Europa, lo que ahora serían “los periféricos”. Era un hombre con planta y manos grandes. Según él, un hombre que no tuviera la mano grande nunca llegaría a hacer grandes cosas. La teoría, según mi padre, era que, en uno contra uno, el primer apretón de manos era clave. Era lo que abría la lata o te cerraba las puertas sin ni siquiera haber hablado. Crecí obsesionado con el tamaño de mis manos (curiosamente mi hermano creció obsesionado con la longitud de ese nocturno y alevoso compañero de fatigas). Según mi hermano, era lo que abría la lata (piernas) o lo que te cerraba las puertas (bragueta).
Mi padre siempre jugaba a darme la mano y machacarla cuando no estaba atento, fortalece la musculatura decía. Menudo dolor. Recuerdo mirar las manos de la gente y por su longitud era capaz de descifrar su estatus social en la vida.
Su trabajo de comercial le obligaba a viajar con cierta frecuencia y a ausentarse de casa durante varios días. Siempre tuve a mi padre en gran estima y concepto, era recto, educado y un trabajador infatigable. Yo quería seguir su ejemplo mientras me miraba la mano en el espejo e imitaba su típica cantinela de “Hola, soy Ramírez de la Panasonic,…” Quería trabajar en esa empresa.
El tiempo crucificó a esa empresa (eso y la mala gestión). Era una señal pero no lo supe ver. Tenía unos 25 años y mis manos no eran especialmente grandes, eso me atormentaba. Quería seguir el ejemplo de Don Ramírez.
Un día mi padre apareció muerto en un prostíbulo del sur de Italia. Primero pensamos que era un error, mi padre y su moral intachable no podían estar en ese antro. Luego, tras certificar que era él, indagué.
Mi padre no sólo tenía las manos grandes sino largas. Tenía otra familia en Portugal, con dos hijos igual que nosotros para no errar a la hora de llamarnos a la mesa. Era un asiduo de los prostíbulos italianos y murió de gonorrea.
Todavía recuerdo al capullo de mi hermano soplarme a la oreja: “ves cómo lo que de verdad importa es el pito y no las manos”. Ese día di gracias por tener unas manos normales y que la puta Panasonic hubiera cerrado.
Mi padre siempre jugaba a darme la mano y machacarla cuando no estaba atento, fortalece la musculatura decía. Menudo dolor. Recuerdo mirar las manos de la gente y por su longitud era capaz de descifrar su estatus social en la vida.
Su trabajo de comercial le obligaba a viajar con cierta frecuencia y a ausentarse de casa durante varios días. Siempre tuve a mi padre en gran estima y concepto, era recto, educado y un trabajador infatigable. Yo quería seguir su ejemplo mientras me miraba la mano en el espejo e imitaba su típica cantinela de “Hola, soy Ramírez de la Panasonic,…” Quería trabajar en esa empresa.
El tiempo crucificó a esa empresa (eso y la mala gestión). Era una señal pero no lo supe ver. Tenía unos 25 años y mis manos no eran especialmente grandes, eso me atormentaba. Quería seguir el ejemplo de Don Ramírez.
Un día mi padre apareció muerto en un prostíbulo del sur de Italia. Primero pensamos que era un error, mi padre y su moral intachable no podían estar en ese antro. Luego, tras certificar que era él, indagué.
Mi padre no sólo tenía las manos grandes sino largas. Tenía otra familia en Portugal, con dos hijos igual que nosotros para no errar a la hora de llamarnos a la mesa. Era un asiduo de los prostíbulos italianos y murió de gonorrea.
Todavía recuerdo al capullo de mi hermano soplarme a la oreja: “ves cómo lo que de verdad importa es el pito y no las manos”. Ese día di gracias por tener unas manos normales y que la puta Panasonic hubiera cerrado.
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