Juan abre la nevera. La estudia con detenimiento mirando balda por balda qué productos hay y cuáles hay que comprar. Intuye que la planificación será, de nuevo, primordial. Su menú será clásico pero con toques de modernidad. “El club” como se autodenominan está formado por gente variopinta pero los gustos clásicos predominan.
Ha pensado en unos entrantes suaves, algo así como una crema ligera de guisantes con toques de parmesano y aceite de oliva. Las tostadas de sésamo con reno ahumado tampoco faltarán ni la mousselina de foie con virutas de ibérico. Empezarán con un chardonnay fresco que acompañe estos tres platillos. La gente suele beber más al inicio de la cena por lo que ha previsto comprar el doble de botellas de blanco que de tinto.
El plato principal será, como ya viene siendo tradición, una espalda de cordero asada con frutas y hierbas del bosque. Para entonces, María ya irá medio borracha ya que el blanco le pierde. El sector carnívoro engullirá el manjar con una sonrisa en la boca y la copa de tinto en la mano. Escogerá un vino fuerte de la tierra para dar cuerpo al ágape.
El postre es el momento culminante. Nada de turrones, nada de dulces típicos. Tiramisú, como marcan los cánones, será el elegido. Copa de cava y pacharán.
La sobremesa es, en el fondo, lo que todos están esperando ansiosos. Saben que es la hora de la ruleta y de la orgía. Todos los miembros de “El club” son millonarios y avariciosos. Gente triste sin ganas de compartir lo que tienen. Se reúnen una vez al año por estas fechas. Cenan bien, beben mejor, follan cómo si fuera la última vez ya que, efectivamente, para uno de ellos lo será.
Uno de ellos morirá a manos del revolver dorado. Su fortuna se repartirá entre el resto. El muerto habrá dejado un papel con el nombre de su sustituto.
Juan intuye que cenará bien.
lunes, 17 de diciembre de 2012
jueves, 6 de diciembre de 2012
¿tienes siete minutos?
Siete minutos es lo que
tardo, más o menos, cada mañana en poner un pie en el suelo después de que
suene la alarma.
Siete minutos es, probablemente, lo que me lleva afeitarme cada dos o tres días.
Siete minutos es lo que suelo durar leyendo un libro por la noche al acostarme.
Siete minutos me dan margen suficiente para beber una cerveza fresquita en verano.
Siete minutos son 420 segundos. Ni uno más ni uno menos.
Siete minutos es lo que durábamos mi ex mujer y yo en la cama en las noches románticas.
Siete minutos es lo que duran las citas a ciegas de esta noche. Voy por la tercera ronda y me quiero ahorcar. Esta tía es muy pesada, es fea y le huele el pozo (expresión mítica de Pablo). En estas circunstancias los minutos son años.
El tiempo es siempre tan relativo.
Siete minutos es, probablemente, lo que me lleva afeitarme cada dos o tres días.
Siete minutos es lo que suelo durar leyendo un libro por la noche al acostarme.
Siete minutos es lo que
pretendo tardar en escribir este post.
Siete minutos es lo que
suelen durar las canciones interminables.Siete minutos me dan margen suficiente para beber una cerveza fresquita en verano.
Siete minutos son 420 segundos. Ni uno más ni uno menos.
Siete minutos es lo que durábamos mi ex mujer y yo en la cama en las noches románticas.
Siete minutos es lo que duran las citas a ciegas de esta noche. Voy por la tercera ronda y me quiero ahorcar. Esta tía es muy pesada, es fea y le huele el pozo (expresión mítica de Pablo). En estas circunstancias los minutos son años.
El tiempo es siempre tan relativo.
miércoles, 28 de noviembre de 2012
Colgada
“Es duro”- dijo ella.
“Lo sé”- respondió él secamente.
“¿Cómo lo llevas?”- se interesó Marie.
“Lo llevo que ya es”- contestó con manifiesta desgana el ingeniero.
“No podemos seguir así, sabes que…”
“Perdona un momento, tengo otra llamada…”- dijo él antes de que ella pudiera decir nada más.
Ahí estaba ella, con el frasco de pastillas en una mano y el teléfono en la otra. Se oía el típico hilo musical de fondo dado que la había dejado a la espera. Una, dos, tres, cuatro y cinco. Creo que será suficiente, se dijo a sí misma. Las engulló y bebió un largo trago de whisky. Nunca le gustó el bourbon pero por eso lo compró, quería algo que le recordara porqué había llegado a esa situación.
Al principio, no sintió nada, tan sólo el gusto a madera rancia del whisky.
“Perdona ya estoy aquí de nuevo, era el pesado de la caldera que…”- acertó a oír ella y a partir de ahí, la paranoia.
El teléfono quedó descolgado. Marie empezó a sudar cómo nunca antes lo había hecho. La camiseta quedó empapada especialmente la zona de las axilas. Le caían las gotas de sudor por la barbilla. Levantó la cabeza y vio el retrato de su padre reflejado en la pared junto a unas letras que decían. YA TE LO DIJE.
Su angustia iba en aumento y se tapó la cabeza con una manta. El alivio fue momentáneo ya que el agobio de la oscuridad y el sudor le causaban un torbellino de sensaciones en la cabeza. Notaba que la presión craneal aumentaba y llegó a pensar en bolsas de palomitas hinchadas cuando se ponen en el microondas. Se sacó la manta de la cabeza y cayó redonda. Fulminada.
Su último pensamiento fue: “¿Y qué es lo que me dijiste Papá? ¿Que te gustaban mis tetas? o ¿que no se lo dijera a Mamá?”
“Lo sé”- respondió él secamente.
“¿Cómo lo llevas?”- se interesó Marie.
“Lo llevo que ya es”- contestó con manifiesta desgana el ingeniero.
“No podemos seguir así, sabes que…”
“Perdona un momento, tengo otra llamada…”- dijo él antes de que ella pudiera decir nada más.
Ahí estaba ella, con el frasco de pastillas en una mano y el teléfono en la otra. Se oía el típico hilo musical de fondo dado que la había dejado a la espera. Una, dos, tres, cuatro y cinco. Creo que será suficiente, se dijo a sí misma. Las engulló y bebió un largo trago de whisky. Nunca le gustó el bourbon pero por eso lo compró, quería algo que le recordara porqué había llegado a esa situación.
Al principio, no sintió nada, tan sólo el gusto a madera rancia del whisky.
“Perdona ya estoy aquí de nuevo, era el pesado de la caldera que…”- acertó a oír ella y a partir de ahí, la paranoia.
El teléfono quedó descolgado. Marie empezó a sudar cómo nunca antes lo había hecho. La camiseta quedó empapada especialmente la zona de las axilas. Le caían las gotas de sudor por la barbilla. Levantó la cabeza y vio el retrato de su padre reflejado en la pared junto a unas letras que decían. YA TE LO DIJE.
Su angustia iba en aumento y se tapó la cabeza con una manta. El alivio fue momentáneo ya que el agobio de la oscuridad y el sudor le causaban un torbellino de sensaciones en la cabeza. Notaba que la presión craneal aumentaba y llegó a pensar en bolsas de palomitas hinchadas cuando se ponen en el microondas. Se sacó la manta de la cabeza y cayó redonda. Fulminada.
Su último pensamiento fue: “¿Y qué es lo que me dijiste Papá? ¿Que te gustaban mis tetas? o ¿que no se lo dijera a Mamá?”
viernes, 16 de noviembre de 2012
nido vacío
Siempre pensé que verte marchar me dolería ya que sospechaba que quedaría un hueco de difícil reemplazo. Había imaginado más de una vez la escena y siempre de la misma forma.
Tú, bajando por las escaleras de casa con una gran maleta y una bolsa de deporte. Tu flequillo tapando parcialmente tu ojo izquierdo para acabar volando de forma alocada después que tú lo soplaras de esa manera tan tuya y que tanto gusta a las chicas. Vestido con una sudadera deportiva, unos tejanos raídos y unas bambas último modelo. Te pondrías las manos en los bolsillos con esa actitud genuinamente tuya de no haber roto nunca un plato. Me darías un beso en la mejilla, seguido de un fuerte abrazo y me dirías que al llegar al campus de la universidad me llamarías.
Yo aguantaría al máximo pero inevitablemente las lágrimas inundarían mis ojos. No serían lágrimas de pena pero de alegría tampoco, supongo que se deberían al sentimiento del deber cumplido y a la sensación del nido vacío. En un instante, me vendrían a la memoria infinidad de recuerdos desde la primera vez que te acuné, tus cereales antes de ir al cole, la vez que te pillé fumando, tus resacas, tus primeras novias.
Pero ya ves, la realidad siempre supera la ficción. Y maldigo el día en que imaginé esa escena y el miedo que me daba. Seré boba.
Me daría con un canto en los dientes si te viera marchar ahora mismo de casa por tu propio pie y no viendo entrar a los paletas para adecuar la casa a tu movilidad reducida (tal y como decía el doctor). Paralítico, coño, con todas sus letras.
Dios, cómo sufre una madre.
Tú, bajando por las escaleras de casa con una gran maleta y una bolsa de deporte. Tu flequillo tapando parcialmente tu ojo izquierdo para acabar volando de forma alocada después que tú lo soplaras de esa manera tan tuya y que tanto gusta a las chicas. Vestido con una sudadera deportiva, unos tejanos raídos y unas bambas último modelo. Te pondrías las manos en los bolsillos con esa actitud genuinamente tuya de no haber roto nunca un plato. Me darías un beso en la mejilla, seguido de un fuerte abrazo y me dirías que al llegar al campus de la universidad me llamarías.
Yo aguantaría al máximo pero inevitablemente las lágrimas inundarían mis ojos. No serían lágrimas de pena pero de alegría tampoco, supongo que se deberían al sentimiento del deber cumplido y a la sensación del nido vacío. En un instante, me vendrían a la memoria infinidad de recuerdos desde la primera vez que te acuné, tus cereales antes de ir al cole, la vez que te pillé fumando, tus resacas, tus primeras novias.
Pero ya ves, la realidad siempre supera la ficción. Y maldigo el día en que imaginé esa escena y el miedo que me daba. Seré boba.
Me daría con un canto en los dientes si te viera marchar ahora mismo de casa por tu propio pie y no viendo entrar a los paletas para adecuar la casa a tu movilidad reducida (tal y como decía el doctor). Paralítico, coño, con todas sus letras.
Dios, cómo sufre una madre.
jueves, 8 de noviembre de 2012
Los blancos no la saben meter
CJ era un base rápido y explosivo. Bueno en el uno contra uno, aceptable lanzador de triples y hábil en lo que a manejo del partido se refería. Él y sus dos amigos, Wallace y Reggie eran los reyes del downtown. Dominaban el deporte de los aros, las redes, la zona, los bloqueos, la pintura, el pick and roll. Eran los mejores en la calle. Streetball.
Los tres eran negros. Prodigios de la ciencia, decían ellos. Cuerpos fuertes y atléticos. CJ tenía machacado a un blanquito y a su tribu. Jugaban bien pero estaban a años luz de los White Chocolate. WC era como se llamaba el equipo de CJ. Era una forma de burla hacia los blanquitos.
“Los blancos no la saben meter”- solía decirle al blanquito a la oreja cuando jugaban. Éste acababa desquiciado.
El tiempo pasó y el básquet dejó de ser su nexo de unión. En una fría mañana de noviembre, el blanquito decidió tomar el 14 que va desde el downtown hasta el centro. Hacía poco que había regresado al barrio después de su aventura asiática. Un banco de inversiones le había fichado y traído de vuelta a casa.
En el preciso instante de subir al autobús tuvo un flash. Vio a CJ, con una panza prominente y calva, conduciendo el autobús. Su sed de venganza recorrió cada terminación nerviosa de su cuerpo.
Sacó la cartera, cogió la tarjeta y disponiéndose a meterla , sonrió a CJ y dijo:
“Bonito día para que un blanquito la meta, no crees?”
CJ frunció el ceño y arrancó.
Los tres eran negros. Prodigios de la ciencia, decían ellos. Cuerpos fuertes y atléticos. CJ tenía machacado a un blanquito y a su tribu. Jugaban bien pero estaban a años luz de los White Chocolate. WC era como se llamaba el equipo de CJ. Era una forma de burla hacia los blanquitos.
“Los blancos no la saben meter”- solía decirle al blanquito a la oreja cuando jugaban. Éste acababa desquiciado.
El tiempo pasó y el básquet dejó de ser su nexo de unión. En una fría mañana de noviembre, el blanquito decidió tomar el 14 que va desde el downtown hasta el centro. Hacía poco que había regresado al barrio después de su aventura asiática. Un banco de inversiones le había fichado y traído de vuelta a casa.
En el preciso instante de subir al autobús tuvo un flash. Vio a CJ, con una panza prominente y calva, conduciendo el autobús. Su sed de venganza recorrió cada terminación nerviosa de su cuerpo.
Sacó la cartera, cogió la tarjeta y disponiéndose a meterla , sonrió a CJ y dijo:
“Bonito día para que un blanquito la meta, no crees?”
CJ frunció el ceño y arrancó.
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