lunes, 7 de julio de 2014

Historias del pasado (más reciente)

“No pretendo convencerte, ni mucho menos sentar cátedra, eso no me interesa”

Eso decía él a menudo, pero creo que pretendía todo lo contrario a lo que sus pomposas palabras sugerían. Buscaba ser convincente (aunque desfalleciera en su intento), se sentaba en su sillón mullido a impartir algo muy parecido a un dogma (nunca adiviné de qué tipo) y yo sin duda, le interesaba.

Pasaron los años, las canas se hicieron dueñas del tablero, las cejas acentuaron su carácter aunque varias de las tropas se sublevaron y buscaron reivindicar una individualidad (la suya o cabría llamarlo soberanismo?) y las pequeñas manchas marrones de la piel dictaron sentencia, activando la cuenta atrás.

Él lo sabía y yo también.

Su prodigiosa memoria empezó a flaquear, así como su capacidad para asumirlo. Su verborrea y discurso ágil se fueron desdibujando en, lo que un periodista deportivo bien podría llamar, la zona mixta a caballo entre el campo de batalla y el oscuro retiro del guerrero bajo el frío chorro de agua de un campo de tercera división.

Hombre de notable intelectualidad pero incapaz de afrontar el cambio de cromos y la lógica pérdida de protagonismo en la familia a la hora de tomar decisiones. Renunció a la presidencia de la mesa de los domingos y a cortar el pavo el día de Navidad consciente del carácter honorífico y no ejecutivo de tales distinciones.

Se negó a tocar la campana que había en su mesita de noche. No lo hacía bajo ningún concepto. Bueno, hasta hace unos pocos días.

Acudí, no con poco miedo dada la excepcionalidad del asunto.

“No pretendo convencerte, ni mucho menos sentar cátedra pero me muero”

Y me convenció.

martes, 6 de mayo de 2014

Ring

La imagen es clara y diáfana. Estoy en la orilla de un lago. Ni grande ni pequeño. El día está despejado pero llevo gabardina y un paraguas grande (de esos de lord inglés). Hay un banco cerca de mí de color verde y de madera desgastada. Se podría decir que tuvo un pasado glorioso pero de un tiempo a esta parte no es que haya caído en el olvido pero bien podría decirse que el desuso forma parte del menú del día. Sin gaseosa ni pan ni postres.

Por otro lado, veo que tengo en mis manos una bolsa que bien podría ser alpiste pero haciendo un zoom mental uno puede divisar claramente que no es comida para pájaros. Espera, deja que enfoque mejor, es algo redondo y brilla. El zoom no da más de sí, pero juraría que son monedas. Y las voy tirando alegremente al lago. Un lago que, ahora que caigo en la cuenta, no tiene agua, es de color marrón eléctrico y su aspecto es gaseoso. Esa textura y color me son familiares. El olor, también. Huele a madera. Tardo unos segundos pero enseguida comprendo que es un inmenso lago de whisky con coca-cola.

Las cosas se suceden sin parar pienso. En ese instante, un mono subido en un triciclo y cantando una canción de Julio Iglesias pasa por detrás de mí. Noto que me mojo y, al mirar al cielo, el sol sigue siendo la tónica dominante. No lo entiendo. Miro mis pies y hay un charco. Me habré meado, pienso. Miro mi zona noble y me inquieto. No hay nada de nada.
Esto me pasa por,… y justo en ese momento suena el despertador.

Sin más. Otro día.

viernes, 25 de abril de 2014

El hombre que dejó de tener prisa

Siempre mirando el reloj ya fuera el de su muñeca o el del móvil. A menudo nervioso cuando la gente se demoraba más allá de los escasos minutos que nos brinda la cortesía. Impaciente y a menudo malhumorado como si buscara algo que nunca encontraba. Y por supuesto, nunca supo lo que buscaba.

Era un vacío interior, él sabía que estaba ahí, fogoso a rachas y adormilado en sus largas jornadas de latente ser humano. Intuía que algo no “pitaba”, o más bien lo sabía con una certeza furibunda de esas que cuando te atrapa ya no te deja. Se convierte en tu sombra de día y en tu sudor frío por la noche.
Se consolaba como a los tontos pensando que el año que viene todo iría mejor o que en verano todo sería más fácil por el menor estrés y por el mágico influjo del barniz solar y el salitre del mar. Ingenuo. Algo en su vida o más bien su vida no funcionaba.

Dicen que todos nos conectamos en un momento de nuestra vida, que todos disfrutamos ni que sea de un momento de lucidez vital como si del trazo de un mapa se tratara. Un mapa que marcará tu ruta no la ruta. Para él, fue esa camilla del Clínico. Y decidió aferrarse a ella. No dejó escapar el que supo que era su último tren.

Al contrario de lo que uno esperaría, rememora con inusitada melancolía esa camilla. Casi tanto que a punto estuvo de pedir la camilla número 320 al hospital como recuerdo de su enchufe vital. Recuerda una punzada aguda en sus entrañas al comprender el diagnóstico del médico y como un reloj interno se ponía en marcha pero también notó una sensación de ligereza. Su mochila había desparecido, podía y debía pensar únicamente en él y, en cómo afrontar la que, por otra parte, sería su última batalla. Y él lo sabía, no era estúpido. Se habían acabado “los que dirán” o “pensar en el mañana”. Para él y los suyos, sólo existía el ahora. Sólo cabía la opción de vivir, vivir y por si las moscas, volver a vivir.

martes, 15 de abril de 2014

Traumas familiares

Comía una pera. Era una de esas peras extremadamente acuosas con más pasado que presente. Lo recuerdo porque tenía la mano empapada y corrí en busca de papel de cocina. Ahí, mientras libraba una lucha con el puto rollo de papel, lo vi claro o más bien la vi y pagaría por no haberlo visto. Yo se suponía que estaba estudiando en la biblioteca pero dado que estaban reformando parte de la fachada habían decidido cerrarla para evitar ruidos molestos.

Vi a mi madre. A la que hasta ese momento era la gran Wilma Wilkins o a WW como le gustaba que la llamasen. Era fan de las revistas cotillas y de esos personajillos del submundo. Solo leía ese tipo de cosas y decir leer sería mucho ya que apenas sabía leer una frase seguida. Me hacía ir a las reuniones de vecinos para que le leyera el orden del día y esas memeces que se discuten entre vecinos. Nada de eso impedía que me sintiera muy orgulloso de mi madre, trabajaba de sol a sol para sacar a mi hermana y a mi adelante dado que el Capitán Haddock (como ella llamaba a papá) se había bebido todo el ron del Caribe hasta morir ahogado. Era inculta y qué. Era ignorante y qué. Era la gran WW. La que curraba más que nadie con el peor curro del mundo, limpiar la mierda de los otros. Me había jurado a mí mismo que estudiaría como un cabrón para darle a WW el descanso que se merecía. Si hasta tenía las rodillas peladas de tanto fregar el suelo.

Y ahí la vi, de rodillas. Sacando brillo, mucho brillo, demasiado brillo coño!

Lo entendí todo, la llamada de un tío a casa una noche preguntando por una gatita sedienta, los fajos de billetes en la caja del lavabo y joder las rodillas! Cómo podía haber estado tan ciego. Y como no, la voz del gilipollas de Robert Terrence diciéndome, tú lo que eres es un Hijo de Puta con todas las letras. En su momento me pareció un insulto de lo más común pero ahora entendía por qué se reían los cabrones.

Recuerdo que lancé lo que quedaba de la pera a mi madre y al puto tío asqueroso ese. Cogí mis cosas de casa y me fui sin más. Nunca la volví a ver pese a que ella lo intentó varias veces. Estás muerta para mí, le dije una vez por teléfono. Al cabo de varios años, me enteré de que había muerto.

Y ahora, estoy yo aquí con los pantalones bajados y con una WW cualquiera arrodillada delante de mí.

No tengo vergüenza, mi psicólogo dice que es mi manera de intentar resarcirme con mi madre. Chorradas de loquero, soy simplemente un puto degenerado y un hijo de puta, sin más.

martes, 10 de diciembre de 2013

Protesto! Denegada.

Robert es abogado. De los de traje, gomina y colonia de varios cientos de dólares. Pese a su aspecto de cretino integral, es buena gente, no es la mejor persona que he conocido pero supera la media.

Es un trabajador incansable. Infatigable, diría yo. Un “hard-worker”, vamos. Levantó su bufete de cero con su amigo de facultad y juergas, Allen. Los inicios fueron duros, nada especial pero en su quinto año de andadura profesional vino el despegue, el caso que encumbró a ambos y a su bufete. Llegaron los casos gordos, de los de varios cientos de miles de dólares. De los que levantan expectación en la prensa, los casos donde una victoria te asegura el budget de los próximos dos o tres años.

Dinero para fichajes de abogados seniors y juniors. Pasta para secretarias de tetas operadas y alta capacidad operativa según incluía el briefing que le pasaron a la empresa de cazatalentos para estos puestos. Flores frescas cada día según les recomendó su asesora de imagen corporativa, la cual cobraba una cantidad nada desdeñable. Y como no, un palco para ver los partidos de la NBA con clientes selectos.

Puro show business. Dos hombres hechos a sí mismo, el sueño americano típico y tópico.
Robert ha disfrutado de eso y de lo que uno se puede imaginar pero no decir. Fue bueno mientras duró pero la conciencia está picando a la puerta últimamente. Esa visitante furtiva pero cada vez más asidua que le suele traer largos ratos de insomnio con mayor frecuencia. El caso actual se lleva la palma. Un pez gordo acusado de violar a una menor. Él sabe que es culpable y pese a todo les une un vínculo profesional inquebrantable. Un contrato multimillonario que firmaron en la cresta de la ola que aseguraba ingresos sustanciales al bufete cada año.
En su momento, les pareció un gran “deal” pero sin duda ahora, Robert lo califica como su tumba.

Esta tarde Robert ha ido al garaje, ha abierto la caja de herramientas y ha cogido el martillo. El mismo que usarán para apuntalar los clavos de su ataúd. Siempre le han gustado las metáforas macabras.