lunes, 6 de octubre de 2014

La memoria de Walt

Walt es Walt, de eso no cabe duda. Vive en su mundo de cristal, agua más o menos clara y realidad circular. Tiene los ojos saltones (como no podía ser de otra manera) y un color que combina mal con casi cualquier cosa. Se mueve sin parar y parece estar contento cuando sonríe. Eso si es que un pez puede sonreír, que lo dudo.

Walt no tiene memoria o muy finita. Hay veces que dejo de respirar unos diez segundos y pienso que, en ese período breve de tiempo, Walt ha borrado al menos cinco veces su memoria. Por un momento pienso, cómo sería vivir sin memoria pero tal planteamiento me asusta y dimito.

Me planto delante de la pecera de Walt y empiezo a hacer aquello que todo el mundo ha hecho al menos una vez estando delante de un pez, juntar las comisuras de los labios y empezar a imitar el movimiento de un pez. Patético, lo sé pero es domingo y fuera está lloviendo (ah, y ya puestos hago lo que me da la gana).

A menudo creo la memoria es esa proyección idílica que tenemos de uno mismo o de una situación en concreto. También creo que nos engaña constantemente y frecuentemente con nocturnidad y alevosía, dibujando cielos más azules, aguas más cristalinas y sabores más intensos (y por qué no decirlo, chicas más guapas). Tendemos a idealizar.
Pese a ser mentirosa, tendenciosa y manipuladora, la memoria es probablemente lo que le da sentido a la vida y una de esas cosas por las cuales vivimos.

¿Dónde habré dejado la comida de Walt?

martes, 30 de septiembre de 2014

Y se fue

Y se fue para no volver o eso dijo. Y se fue como tantas cosas se van. Y se fue buscando un algo mejor. Y se fue sin importar el qué dirán. Y se fue sin pensar más allá de la cena de hoy. Y se fue sin pretender retar al futuro aunque sí al presente. Y se fue porqué sí. Y se fue con un ramo marchito bajo el brazo. Y se fue en un tren como tantos otros. Y se fue sin esperar al cambio de hora. Y se fue respetando la amargura inherente de los otros. Y se fue mascando chicle previa digestión de la tragedia. Y se fue sin la pena de Chanquete. Y se fue saludando al respetable pero en silencio. Y se fue con la vista cansada pero sin las gafas de cerca. Y se fue peine en mano pero con poco que peinar. Y se fue porque tocaba. Y se fue con el periódico de ayer y el olvido del mañana. Y se fue con un calcetín de cada color. Y se fue con un boli BIC en el bolsillo. Y se fue sin el estruendo de otros pero con la admiración de muchos. Y se fue porque no podía ser de otra manera. Y se fue bebiendo el alegre trago de la feina ben feta. Y se fue vistiendo al pasado. Y se fue guiñando un ojo o los dos. Y se fue sin batería y fuera de cobertura. Y se fue sin plusvalías ni cotizaciones. Y se fue con algún recorte que otro. Y se fue pese a todo.

miércoles, 16 de julio de 2014

Riesgos de la Gonorrea

Markus lee. Lee sin parar. Le encanta. Se puede pasar horas y horas en el discreto sofá de su habitación devorando páginas. Pocas cosas le distraen de su cometido. Tan sólo Bobby, su perro es capaz de hacerlo. Le disgusta enormemente ese nombre (Bobby) para su mascota. Encuentra que es cursi (y lo es) y que, en todo caso, debería ser sólo para niños americanos con la visera de la gorra hacia atrás y amantes del béisbol. Asume que es un topicazo yanqui y que ya sólo faltaría meter el perrito caliente a la ecuación y el misterio de los patos y ya tendríamos a un Soprano en potencia. A lo que iba, el tema es que él hubiera preferido llamar a su mascota algo así como Tifus o Difteria o Gonorrea. Es infantil, no. Si acaso es humor adolescente. Y es que, él no se esconde. Sabe que se ha quedado en los años dorados. No ha querido pasar de ahí. Conciertos, farras con todas las letras y resacas con todos los signos de exclamación conforman su once inicial así como ya sabéis, las largas tardes de lectura.

Trató, en su día, de llamarle Tifus pero Bobby no le seguía. Alternó unos días con Difteria pero el resultado fue parecido (es decir, nulo). Su última tabla de salvación fue probar con Gonorrea hasta que una mujer se giró en el parque y empezó a entablar conversación con él, lo cual le aterró. Y le salió un instintivo “Bobby” ven aquí, a lo que el can respondió al instante. Puto perro pensó pero admitió que le había salvado de una Gonorrea más que probable.

Y así fue como Bobby fue Bobby y no hay más que decir.

lunes, 7 de julio de 2014

Historias del pasado (más reciente)

“No pretendo convencerte, ni mucho menos sentar cátedra, eso no me interesa”

Eso decía él a menudo, pero creo que pretendía todo lo contrario a lo que sus pomposas palabras sugerían. Buscaba ser convincente (aunque desfalleciera en su intento), se sentaba en su sillón mullido a impartir algo muy parecido a un dogma (nunca adiviné de qué tipo) y yo sin duda, le interesaba.

Pasaron los años, las canas se hicieron dueñas del tablero, las cejas acentuaron su carácter aunque varias de las tropas se sublevaron y buscaron reivindicar una individualidad (la suya o cabría llamarlo soberanismo?) y las pequeñas manchas marrones de la piel dictaron sentencia, activando la cuenta atrás.

Él lo sabía y yo también.

Su prodigiosa memoria empezó a flaquear, así como su capacidad para asumirlo. Su verborrea y discurso ágil se fueron desdibujando en, lo que un periodista deportivo bien podría llamar, la zona mixta a caballo entre el campo de batalla y el oscuro retiro del guerrero bajo el frío chorro de agua de un campo de tercera división.

Hombre de notable intelectualidad pero incapaz de afrontar el cambio de cromos y la lógica pérdida de protagonismo en la familia a la hora de tomar decisiones. Renunció a la presidencia de la mesa de los domingos y a cortar el pavo el día de Navidad consciente del carácter honorífico y no ejecutivo de tales distinciones.

Se negó a tocar la campana que había en su mesita de noche. No lo hacía bajo ningún concepto. Bueno, hasta hace unos pocos días.

Acudí, no con poco miedo dada la excepcionalidad del asunto.

“No pretendo convencerte, ni mucho menos sentar cátedra pero me muero”

Y me convenció.

martes, 6 de mayo de 2014

Ring

La imagen es clara y diáfana. Estoy en la orilla de un lago. Ni grande ni pequeño. El día está despejado pero llevo gabardina y un paraguas grande (de esos de lord inglés). Hay un banco cerca de mí de color verde y de madera desgastada. Se podría decir que tuvo un pasado glorioso pero de un tiempo a esta parte no es que haya caído en el olvido pero bien podría decirse que el desuso forma parte del menú del día. Sin gaseosa ni pan ni postres.

Por otro lado, veo que tengo en mis manos una bolsa que bien podría ser alpiste pero haciendo un zoom mental uno puede divisar claramente que no es comida para pájaros. Espera, deja que enfoque mejor, es algo redondo y brilla. El zoom no da más de sí, pero juraría que son monedas. Y las voy tirando alegremente al lago. Un lago que, ahora que caigo en la cuenta, no tiene agua, es de color marrón eléctrico y su aspecto es gaseoso. Esa textura y color me son familiares. El olor, también. Huele a madera. Tardo unos segundos pero enseguida comprendo que es un inmenso lago de whisky con coca-cola.

Las cosas se suceden sin parar pienso. En ese instante, un mono subido en un triciclo y cantando una canción de Julio Iglesias pasa por detrás de mí. Noto que me mojo y, al mirar al cielo, el sol sigue siendo la tónica dominante. No lo entiendo. Miro mis pies y hay un charco. Me habré meado, pienso. Miro mi zona noble y me inquieto. No hay nada de nada.
Esto me pasa por,… y justo en ese momento suena el despertador.

Sin más. Otro día.