Siempre mirando el reloj ya fuera el de su muñeca o el del móvil. A menudo nervioso cuando la gente se demoraba más allá de los escasos minutos que nos brinda la cortesía. Impaciente y a menudo malhumorado como si buscara algo que nunca encontraba. Y por supuesto, nunca supo lo que buscaba.
Era un vacío interior, él sabía que estaba ahí, fogoso a rachas y adormilado en sus largas jornadas de latente ser humano. Intuía que algo no “pitaba”, o más bien lo sabía con una certeza furibunda de esas que cuando te atrapa ya no te deja. Se convierte en tu sombra de día y en tu sudor frío por la noche.
Se consolaba como a los tontos pensando que el año que viene todo iría mejor o que en verano todo sería más fácil por el menor estrés y por el mágico influjo del barniz solar y el salitre del mar. Ingenuo. Algo en su vida o más bien su vida no funcionaba.
Dicen que todos nos conectamos en un momento de nuestra vida, que todos disfrutamos ni que sea de un momento de lucidez vital como si del trazo de un mapa se tratara. Un mapa que marcará tu ruta no la ruta. Para él, fue esa camilla del Clínico. Y decidió aferrarse a ella. No dejó escapar el que supo que era su último tren.
Al contrario de lo que uno esperaría, rememora con inusitada melancolía esa camilla. Casi tanto que a punto estuvo de pedir la camilla número 320 al hospital como recuerdo de su enchufe vital. Recuerda una punzada aguda en sus entrañas al comprender el diagnóstico del médico y como un reloj interno se ponía en marcha pero también notó una sensación de ligereza. Su mochila había desparecido, podía y debía pensar únicamente en él y, en cómo afrontar la que, por otra parte, sería su última batalla. Y él lo sabía, no era estúpido. Se habían acabado “los que dirán” o “pensar en el mañana”. Para él y los suyos, sólo existía el ahora. Sólo cabía la opción de vivir, vivir y por si las moscas, volver a vivir.
viernes, 25 de abril de 2014
martes, 15 de abril de 2014
Traumas familiares
Comía una pera. Era una de esas peras extremadamente acuosas con más pasado que presente. Lo recuerdo porque tenía la mano empapada y corrí en busca de papel de cocina. Ahí, mientras libraba una lucha con el puto rollo de papel, lo vi claro o más bien la vi y pagaría por no haberlo visto. Yo se suponía que estaba estudiando en la biblioteca pero dado que estaban reformando parte de la fachada habían decidido cerrarla para evitar ruidos molestos.
Vi a mi madre. A la que hasta ese momento era la gran Wilma Wilkins o a WW como le gustaba que la llamasen. Era fan de las revistas cotillas y de esos personajillos del submundo. Solo leía ese tipo de cosas y decir leer sería mucho ya que apenas sabía leer una frase seguida. Me hacía ir a las reuniones de vecinos para que le leyera el orden del día y esas memeces que se discuten entre vecinos. Nada de eso impedía que me sintiera muy orgulloso de mi madre, trabajaba de sol a sol para sacar a mi hermana y a mi adelante dado que el Capitán Haddock (como ella llamaba a papá) se había bebido todo el ron del Caribe hasta morir ahogado. Era inculta y qué. Era ignorante y qué. Era la gran WW. La que curraba más que nadie con el peor curro del mundo, limpiar la mierda de los otros. Me había jurado a mí mismo que estudiaría como un cabrón para darle a WW el descanso que se merecía. Si hasta tenía las rodillas peladas de tanto fregar el suelo.
Y ahí la vi, de rodillas. Sacando brillo, mucho brillo, demasiado brillo coño!
Lo entendí todo, la llamada de un tío a casa una noche preguntando por una gatita sedienta, los fajos de billetes en la caja del lavabo y joder las rodillas! Cómo podía haber estado tan ciego. Y como no, la voz del gilipollas de Robert Terrence diciéndome, tú lo que eres es un Hijo de Puta con todas las letras. En su momento me pareció un insulto de lo más común pero ahora entendía por qué se reían los cabrones.
Recuerdo que lancé lo que quedaba de la pera a mi madre y al puto tío asqueroso ese. Cogí mis cosas de casa y me fui sin más. Nunca la volví a ver pese a que ella lo intentó varias veces. Estás muerta para mí, le dije una vez por teléfono. Al cabo de varios años, me enteré de que había muerto.
Y ahora, estoy yo aquí con los pantalones bajados y con una WW cualquiera arrodillada delante de mí.
No tengo vergüenza, mi psicólogo dice que es mi manera de intentar resarcirme con mi madre. Chorradas de loquero, soy simplemente un puto degenerado y un hijo de puta, sin más.
Vi a mi madre. A la que hasta ese momento era la gran Wilma Wilkins o a WW como le gustaba que la llamasen. Era fan de las revistas cotillas y de esos personajillos del submundo. Solo leía ese tipo de cosas y decir leer sería mucho ya que apenas sabía leer una frase seguida. Me hacía ir a las reuniones de vecinos para que le leyera el orden del día y esas memeces que se discuten entre vecinos. Nada de eso impedía que me sintiera muy orgulloso de mi madre, trabajaba de sol a sol para sacar a mi hermana y a mi adelante dado que el Capitán Haddock (como ella llamaba a papá) se había bebido todo el ron del Caribe hasta morir ahogado. Era inculta y qué. Era ignorante y qué. Era la gran WW. La que curraba más que nadie con el peor curro del mundo, limpiar la mierda de los otros. Me había jurado a mí mismo que estudiaría como un cabrón para darle a WW el descanso que se merecía. Si hasta tenía las rodillas peladas de tanto fregar el suelo.
Y ahí la vi, de rodillas. Sacando brillo, mucho brillo, demasiado brillo coño!
Lo entendí todo, la llamada de un tío a casa una noche preguntando por una gatita sedienta, los fajos de billetes en la caja del lavabo y joder las rodillas! Cómo podía haber estado tan ciego. Y como no, la voz del gilipollas de Robert Terrence diciéndome, tú lo que eres es un Hijo de Puta con todas las letras. En su momento me pareció un insulto de lo más común pero ahora entendía por qué se reían los cabrones.
Recuerdo que lancé lo que quedaba de la pera a mi madre y al puto tío asqueroso ese. Cogí mis cosas de casa y me fui sin más. Nunca la volví a ver pese a que ella lo intentó varias veces. Estás muerta para mí, le dije una vez por teléfono. Al cabo de varios años, me enteré de que había muerto.
Y ahora, estoy yo aquí con los pantalones bajados y con una WW cualquiera arrodillada delante de mí.
No tengo vergüenza, mi psicólogo dice que es mi manera de intentar resarcirme con mi madre. Chorradas de loquero, soy simplemente un puto degenerado y un hijo de puta, sin más.
martes, 10 de diciembre de 2013
Protesto! Denegada.
Robert es abogado. De los de traje, gomina y colonia de varios cientos de dólares. Pese a su aspecto de cretino integral, es buena gente, no es la mejor persona que he conocido pero supera la media.
Es un trabajador incansable. Infatigable, diría yo. Un “hard-worker”, vamos. Levantó su bufete de cero con su amigo de facultad y juergas, Allen. Los inicios fueron duros, nada especial pero en su quinto año de andadura profesional vino el despegue, el caso que encumbró a ambos y a su bufete. Llegaron los casos gordos, de los de varios cientos de miles de dólares. De los que levantan expectación en la prensa, los casos donde una victoria te asegura el budget de los próximos dos o tres años.
Dinero para fichajes de abogados seniors y juniors. Pasta para secretarias de tetas operadas y alta capacidad operativa según incluía el briefing que le pasaron a la empresa de cazatalentos para estos puestos. Flores frescas cada día según les recomendó su asesora de imagen corporativa, la cual cobraba una cantidad nada desdeñable. Y como no, un palco para ver los partidos de la NBA con clientes selectos.
Puro show business. Dos hombres hechos a sí mismo, el sueño americano típico y tópico.
Robert ha disfrutado de eso y de lo que uno se puede imaginar pero no decir. Fue bueno mientras duró pero la conciencia está picando a la puerta últimamente. Esa visitante furtiva pero cada vez más asidua que le suele traer largos ratos de insomnio con mayor frecuencia. El caso actual se lleva la palma. Un pez gordo acusado de violar a una menor. Él sabe que es culpable y pese a todo les une un vínculo profesional inquebrantable. Un contrato multimillonario que firmaron en la cresta de la ola que aseguraba ingresos sustanciales al bufete cada año.
En su momento, les pareció un gran “deal” pero sin duda ahora, Robert lo califica como su tumba.
Esta tarde Robert ha ido al garaje, ha abierto la caja de herramientas y ha cogido el martillo. El mismo que usarán para apuntalar los clavos de su ataúd. Siempre le han gustado las metáforas macabras.
Es un trabajador incansable. Infatigable, diría yo. Un “hard-worker”, vamos. Levantó su bufete de cero con su amigo de facultad y juergas, Allen. Los inicios fueron duros, nada especial pero en su quinto año de andadura profesional vino el despegue, el caso que encumbró a ambos y a su bufete. Llegaron los casos gordos, de los de varios cientos de miles de dólares. De los que levantan expectación en la prensa, los casos donde una victoria te asegura el budget de los próximos dos o tres años.
Dinero para fichajes de abogados seniors y juniors. Pasta para secretarias de tetas operadas y alta capacidad operativa según incluía el briefing que le pasaron a la empresa de cazatalentos para estos puestos. Flores frescas cada día según les recomendó su asesora de imagen corporativa, la cual cobraba una cantidad nada desdeñable. Y como no, un palco para ver los partidos de la NBA con clientes selectos.
Puro show business. Dos hombres hechos a sí mismo, el sueño americano típico y tópico.
Robert ha disfrutado de eso y de lo que uno se puede imaginar pero no decir. Fue bueno mientras duró pero la conciencia está picando a la puerta últimamente. Esa visitante furtiva pero cada vez más asidua que le suele traer largos ratos de insomnio con mayor frecuencia. El caso actual se lleva la palma. Un pez gordo acusado de violar a una menor. Él sabe que es culpable y pese a todo les une un vínculo profesional inquebrantable. Un contrato multimillonario que firmaron en la cresta de la ola que aseguraba ingresos sustanciales al bufete cada año.
En su momento, les pareció un gran “deal” pero sin duda ahora, Robert lo califica como su tumba.
Esta tarde Robert ha ido al garaje, ha abierto la caja de herramientas y ha cogido el martillo. El mismo que usarán para apuntalar los clavos de su ataúd. Siempre le han gustado las metáforas macabras.
domingo, 24 de noviembre de 2013
pastillas microbióticas
Era el mes de diciembre, lo sé porque el mercado de navidad estaba instalado en la plaza. Uno de esos mercados navideños centroeuropeos con muchas casetas de madera y acertadas luces que daban un aspecto al centro de felicidad un tanto impostada, pero felicidad al fin y al cabo.
El frío y la fina nieve que caía junto al Glühwein o vino caliente que servían hacían el resto. Caminamos por el lateral de la plaza intentando evitar el bullicio y tratando de coger un salvoconducto que nos llevara al bar donde me pediste que fuéramos.
Pensé que tendrías ganas de beberte una buena cerveza trapense y disfrutar de la chimenea grande y amplia que tenía el bar.
Mesas de madera y cómodos bancos con suaves cojines almidonados mientras discutíamos sobre lo divino y lo terrenal tan sólo con el firme objetivo de bebernos la tarde.
Y así fue al principio. Recuerdo que empezamos con el aborto, pasamos por el capitalismo y saltamos al derecho a morir dignamente. Supongo que el hecho de haber bebido tres cervezas de intensa graduación nubló mi vista y no te vi venir hasta minutos antes. Sé que lo intuí en un momento dado de lucidez transitoria y escapé a cambiar el agua al canario. Mención aparte merece el lavabo del bar ya que meabas contra una cristalera de un patio interior con un árbol en medio. Era diferente.
Al volver, supe que me abordarías cual perro de presa y es por eso que llamé al camarero y le pedí las cartas. Un par de salchichas alemanas vendrían bien para atemperar el alcohol y mis nervios. En mi cabeza la máquina propagandísticas Gobbeliana se había puesto en marcha y ya me había montado mi propia peli. Y era de terror.
Tu pérdida de peso importante de los últimos meses, que obviamente había notado pero debo reconocer que te sentaba bien. Haber conseguido deshinchar esa panza perenne no te hacía ningún daño. En el lavabo mientras meaba contra la cristalera, vi tus ojeras y diría que menos pelo de lo habitual en tu sesera.
Cuando el camarero se fue, resoplé y tomé aire para lo que se venía. Ciclón categoría cinco pensé, pese a no tener ni idea de las categorías de los vientos. Marrón al canto.
Empezaste tú, retomando el tema, te escuché al principio pero al cabo del rato desconecté. Mi cabeza iba a una velocidad infernal. Llegados a un punto, me dijiste:
“¿Me estás escuchando?”
“Mira, francamente, no. Hace un rato que ya no. Creo que me quieres decir algo y hace rato que andas dando vueltas. Te conozco bien, suéltalo ya, la intriga me mata”
La intriga me mata, soy imbécil, tenía que soltar esa frase en ese preciso momento. Ya me imaginé el inicio de la respuesta, en plan “pues a mí lo que me mata es el cáncer”. Escenario desolador.
“Pues ahora que lo dices,…”
“Ves, te conozco bien, sabía que había algo grave”
“Hombre grave no es. Tan sólo ley de vida. Te quería pedir,…”
“Ley de vida? No me jodas. Somos relativamente jóvenes y tú te estás muriendo, y me lo dices en un bar cuando estoy medio borracho y apelas a la ley de vida como salvavidas de la situación. He dicho salvavidas? Vale, quizás no es la mejor expresión dadas las circunstancias pero,..”
“¿Qué dices chalado?”
“Pues eso joder. Que he atado cabos. Derecho a morir dignamente, pérdida de peso increíble, ojeras, pérdida de pelo,…dímelo, lo soportaré dignamente. De qué es el cáncer? Cuánto te queda?”
“¿Qué? ¿Qué dices majara? Estás muy borracho, no?
“Lo que oyes”
“A ver tonto a las tres. Punto uno, derecho a morir dignamente, un tema controvertido más para hablar mientras tomamos una cervezas, como la polinización de la abejas húngaras o la fauna y la flora de las mujeres rusas en el estalinismo. Dos, pérdida de peso que viene dada por unas pastillas macrobióticas que me dejan comer a gusto y cagar una cantidad ingente de veces y que me dejan el esfínter como el papel de lija sólo para poder intentar ligar. Tres, las ojeras son producto de tu imaginación y lo del pelo tres cuartos de lo mismo”
“Ehm, vaya no sé qué decir”
“Yo sí, gilipollas!!! No me mates antes de cuenta y, cojones no te montes cuentos chinos. Dónde están esas bratwurst, me muero de hambre joder. Discutir y pegarte cuatro gritos me ha abierto el apetito. Espera, tengo que tomarme tres pastillas de esta mierda para ingerir tan sólo el 20% de las calorías”
Y seguimos a lo nuestro. Como si tal cosa.
El frío y la fina nieve que caía junto al Glühwein o vino caliente que servían hacían el resto. Caminamos por el lateral de la plaza intentando evitar el bullicio y tratando de coger un salvoconducto que nos llevara al bar donde me pediste que fuéramos.
Pensé que tendrías ganas de beberte una buena cerveza trapense y disfrutar de la chimenea grande y amplia que tenía el bar.
Mesas de madera y cómodos bancos con suaves cojines almidonados mientras discutíamos sobre lo divino y lo terrenal tan sólo con el firme objetivo de bebernos la tarde.
Y así fue al principio. Recuerdo que empezamos con el aborto, pasamos por el capitalismo y saltamos al derecho a morir dignamente. Supongo que el hecho de haber bebido tres cervezas de intensa graduación nubló mi vista y no te vi venir hasta minutos antes. Sé que lo intuí en un momento dado de lucidez transitoria y escapé a cambiar el agua al canario. Mención aparte merece el lavabo del bar ya que meabas contra una cristalera de un patio interior con un árbol en medio. Era diferente.
Al volver, supe que me abordarías cual perro de presa y es por eso que llamé al camarero y le pedí las cartas. Un par de salchichas alemanas vendrían bien para atemperar el alcohol y mis nervios. En mi cabeza la máquina propagandísticas Gobbeliana se había puesto en marcha y ya me había montado mi propia peli. Y era de terror.
Tu pérdida de peso importante de los últimos meses, que obviamente había notado pero debo reconocer que te sentaba bien. Haber conseguido deshinchar esa panza perenne no te hacía ningún daño. En el lavabo mientras meaba contra la cristalera, vi tus ojeras y diría que menos pelo de lo habitual en tu sesera.
Cuando el camarero se fue, resoplé y tomé aire para lo que se venía. Ciclón categoría cinco pensé, pese a no tener ni idea de las categorías de los vientos. Marrón al canto.
Empezaste tú, retomando el tema, te escuché al principio pero al cabo del rato desconecté. Mi cabeza iba a una velocidad infernal. Llegados a un punto, me dijiste:
“¿Me estás escuchando?”
“Mira, francamente, no. Hace un rato que ya no. Creo que me quieres decir algo y hace rato que andas dando vueltas. Te conozco bien, suéltalo ya, la intriga me mata”
La intriga me mata, soy imbécil, tenía que soltar esa frase en ese preciso momento. Ya me imaginé el inicio de la respuesta, en plan “pues a mí lo que me mata es el cáncer”. Escenario desolador.
“Pues ahora que lo dices,…”
“Ves, te conozco bien, sabía que había algo grave”
“Hombre grave no es. Tan sólo ley de vida. Te quería pedir,…”
“Ley de vida? No me jodas. Somos relativamente jóvenes y tú te estás muriendo, y me lo dices en un bar cuando estoy medio borracho y apelas a la ley de vida como salvavidas de la situación. He dicho salvavidas? Vale, quizás no es la mejor expresión dadas las circunstancias pero,..”
“¿Qué dices chalado?”
“Pues eso joder. Que he atado cabos. Derecho a morir dignamente, pérdida de peso increíble, ojeras, pérdida de pelo,…dímelo, lo soportaré dignamente. De qué es el cáncer? Cuánto te queda?”
“¿Qué? ¿Qué dices majara? Estás muy borracho, no?
“Lo que oyes”
“A ver tonto a las tres. Punto uno, derecho a morir dignamente, un tema controvertido más para hablar mientras tomamos una cervezas, como la polinización de la abejas húngaras o la fauna y la flora de las mujeres rusas en el estalinismo. Dos, pérdida de peso que viene dada por unas pastillas macrobióticas que me dejan comer a gusto y cagar una cantidad ingente de veces y que me dejan el esfínter como el papel de lija sólo para poder intentar ligar. Tres, las ojeras son producto de tu imaginación y lo del pelo tres cuartos de lo mismo”
“Ehm, vaya no sé qué decir”
“Yo sí, gilipollas!!! No me mates antes de cuenta y, cojones no te montes cuentos chinos. Dónde están esas bratwurst, me muero de hambre joder. Discutir y pegarte cuatro gritos me ha abierto el apetito. Espera, tengo que tomarme tres pastillas de esta mierda para ingerir tan sólo el 20% de las calorías”
Y seguimos a lo nuestro. Como si tal cosa.
lunes, 18 de noviembre de 2013
Pim pam desde el noveno piso
Debía ser un día frío ya que era el mes de noviembre en una ciudad centroeuropea cualquiera. Seguro que había llovido por que suele ser el pan nuestro de cada día.
Ella parecía ser una persona que a priori, lo tenía todo o al menos una situación privilegiada a ojos de terceras personas. Chica joven con un contrato de prácticas decente trabajando en un sitio de referencia. Con esa edad ideal, donde lo que cobras lo inviertes en vivienda y el resto lo sueles dedicar a ocio y si queda algo a comer. Sales y entras a tu antojo y ella al ser una “trainee” tenía una vasta red de coleguillas en su misma situación dada la última remesa de universitarios contratados.
Fiestas salvajes, con el típico código sagrado, “lo que pasa aquí se queda aquí”, colección de hormonas flotando por el ambiente buscando su flor. En fin, la época dorada que tan buen recuerdo me dejó a mí.
Mi despertador sonó con puntualidad ni británica ni suiza, la habitual. Deslicé el dedo para contener el estruendo y mire el mail como de costumbre. No suele haber nada interesante pero es un hábito adquirido.
Tengo un mail del presidente, miro que no sea personal ya que eso no molaría para nada. No lo es, es un mail trágico. Anuncia que ayer por la tarde, desafortunadamente un colega murió en las dependencias del banco.
Alguien ha tenido un accidente haciendo deporte en el gimnasio o en la pista de fútbol, pensé. Joder que mala suerte!
Llego al banco, voy a la máquina de café siguiendo el ritual matutino y me llega la verdad verdadera. Ni accidente ni nada parecido. Ella, la trainee rumana de no sé qué departamento, se suicidó ayer, tirándose desde el noveno piso por un patio de luces.
Pim, pam.
Luego me vino la rumorología añadida y ahí lo dejé estar. Demasiado gore y demasiada fantasía que creo que no venía a cuento.
Minuto de silencio al día siguiente a las 11 de la mañana.
Uno de esos sucesos incomprensibles.
Ella parecía ser una persona que a priori, lo tenía todo o al menos una situación privilegiada a ojos de terceras personas. Chica joven con un contrato de prácticas decente trabajando en un sitio de referencia. Con esa edad ideal, donde lo que cobras lo inviertes en vivienda y el resto lo sueles dedicar a ocio y si queda algo a comer. Sales y entras a tu antojo y ella al ser una “trainee” tenía una vasta red de coleguillas en su misma situación dada la última remesa de universitarios contratados.
Fiestas salvajes, con el típico código sagrado, “lo que pasa aquí se queda aquí”, colección de hormonas flotando por el ambiente buscando su flor. En fin, la época dorada que tan buen recuerdo me dejó a mí.
Mi despertador sonó con puntualidad ni británica ni suiza, la habitual. Deslicé el dedo para contener el estruendo y mire el mail como de costumbre. No suele haber nada interesante pero es un hábito adquirido.
Tengo un mail del presidente, miro que no sea personal ya que eso no molaría para nada. No lo es, es un mail trágico. Anuncia que ayer por la tarde, desafortunadamente un colega murió en las dependencias del banco.
Alguien ha tenido un accidente haciendo deporte en el gimnasio o en la pista de fútbol, pensé. Joder que mala suerte!
Llego al banco, voy a la máquina de café siguiendo el ritual matutino y me llega la verdad verdadera. Ni accidente ni nada parecido. Ella, la trainee rumana de no sé qué departamento, se suicidó ayer, tirándose desde el noveno piso por un patio de luces.
Pim, pam.
Luego me vino la rumorología añadida y ahí lo dejé estar. Demasiado gore y demasiada fantasía que creo que no venía a cuento.
Minuto de silencio al día siguiente a las 11 de la mañana.
Uno de esos sucesos incomprensibles.
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