Estar en un funeral no mola. El ambiente se tensa y la atmósfera se vuelve cargante y casi irrespirable.
Hasta aquí nada nuevo.
Estar junto a la mujer de tu compañero que estrena su condición de muerto, no mola. Saber que esa bala perdida y tonta no debería haber impactado a tu amigo es duro de aceptar. Saber que lo justo hubiera sido que te hubieran dado a ti es un drama pero vas a convivir con ello. Los pastelitos de marisco que están sirviendo son deliciosos, por cierto. El champán hace el resto.
Empiezo a sentirme algo mareado y porque no decirlo, borracho también. Saber que tu amigo se interpuso en la trayectoria suena a gesto heroico pero tu en el fondo sabes que no es así. Sabes que beber en acto de servicio no está bien pero es práctica habitual. El gesto heroico de tu compañero no fue tal, pese a la paliza que está soltando el jefe de la policia en su discurso. Esa estrella al valor concedida a título póstumo es una mentira. Sam, mi compañero, iba tan borracho que tropezó y la bala le machacó el tórax.
Lloro por las mentiras aunque todos piensan que lloro por Sam. Lloro por las injusticias del mundo aunque para ser justos la mujer de Sam tiene un culo de escándalo (ahora que me fijo bien).
Hora de irme a casa con mis fantasmas.
jueves, 31 de octubre de 2013
domingo, 20 de octubre de 2013
Sueños de granjero
Jeff es granjero. Diría que trabaja de sol a sol pero mentiría ya que aquí casi nunca sale el sol. Está nublado y llueve casi todos los días pero trabaja sin parar.
Va con su tractor azul enorme de arriba a abajo, tiene vacas de leche y vacas de carne como dice él. Cuesta entenderle, su alemán es correcto pero su acento está viciado por su idioma materno.
Es joven, apenas debe llegar a los 25 pero su rostro y manos hablan de otra cosa, como el que ha estado en el frente y suele padecer una vejez prematura y prolongada.
Trabaja incluso los días de guardar y sueña con casarse con Manon, su novia. Ella es fea, de eso no hay duda pero buena gente. Solía montar a caballo pero eso debió ser cuatro vidas antes a la actual. Sueñan con el día después de su boda, el día que irán de viaje no muy lejos pero al menos unos 4 o 5 días seguidos. Cosa que nunca han hecho hasta ahora.
Maneras de vivir, diferentes a la mía pero de igual forma válidas.
Va con su tractor azul enorme de arriba a abajo, tiene vacas de leche y vacas de carne como dice él. Cuesta entenderle, su alemán es correcto pero su acento está viciado por su idioma materno.
Es joven, apenas debe llegar a los 25 pero su rostro y manos hablan de otra cosa, como el que ha estado en el frente y suele padecer una vejez prematura y prolongada.
Trabaja incluso los días de guardar y sueña con casarse con Manon, su novia. Ella es fea, de eso no hay duda pero buena gente. Solía montar a caballo pero eso debió ser cuatro vidas antes a la actual. Sueñan con el día después de su boda, el día que irán de viaje no muy lejos pero al menos unos 4 o 5 días seguidos. Cosa que nunca han hecho hasta ahora.
Maneras de vivir, diferentes a la mía pero de igual forma válidas.
viernes, 18 de octubre de 2013
miércoles, 18 de septiembre de 2013
Polar
El día que conocí a Ricardo Cazador fue un día más, sin nada especial. Él estaba sentado en la mesa más cercana a la ventana cuando yo entré en el comedor y me puse a la cola bandeja en mano esperando a que me sirvieran el menú.
Recuerdo que el menú del día eran lentejas estofadas o sopa de fideos de primero, y pollo a la jardinera o merluza plancha de segundo. Lo recuerdo porque pensé que ese era un menú típico de colegio. Y es que en el fondo, ahí donde estábamos era algo parecido a un colegio.
Barracones aclimatados y adaptados pero que no dejaban de ser barracones. Gente de todas partes del mundo, eso era genial. Los rusos con su gueto, los americanos y su fast food, los europeos que difícilmente hacían piña y los asiáticos que sin duda eran las máquinas de trabajar.
R. Cazador era hombre de pocas palabras, pero era lo más cercano a un amigo que yo tenía ahí, en pleno círculo polar ártico dónde los inviernos eran francamente calamitosos. Compartíamos habitación y lavabo y poco más.
Fue una época muy dura ya que literalmente sentía que estaba en el último confín del mundo y era consciente que si una enorme tormenta de nieve nos sepultaba, pasarían días y muchos antes que nadie de la civilización se diera cuenta de nuestra ausencia.
Hoy R.Cazador ha recibido el premio Nobel de Física. Me he sentido orgulloso ya que sé que yo contribuí aunque sea de manera pequeña a ese magnífico triunfo.
Recuerdo que el menú del día eran lentejas estofadas o sopa de fideos de primero, y pollo a la jardinera o merluza plancha de segundo. Lo recuerdo porque pensé que ese era un menú típico de colegio. Y es que en el fondo, ahí donde estábamos era algo parecido a un colegio.
Barracones aclimatados y adaptados pero que no dejaban de ser barracones. Gente de todas partes del mundo, eso era genial. Los rusos con su gueto, los americanos y su fast food, los europeos que difícilmente hacían piña y los asiáticos que sin duda eran las máquinas de trabajar.
R. Cazador era hombre de pocas palabras, pero era lo más cercano a un amigo que yo tenía ahí, en pleno círculo polar ártico dónde los inviernos eran francamente calamitosos. Compartíamos habitación y lavabo y poco más.
Fue una época muy dura ya que literalmente sentía que estaba en el último confín del mundo y era consciente que si una enorme tormenta de nieve nos sepultaba, pasarían días y muchos antes que nadie de la civilización se diera cuenta de nuestra ausencia.
Hoy R.Cazador ha recibido el premio Nobel de Física. Me he sentido orgulloso ya que sé que yo contribuí aunque sea de manera pequeña a ese magnífico triunfo.
lunes, 16 de septiembre de 2013
A buen recaudo
Emociones encontradas diría yo. Ha sido raro, creo que no hay mejores palabras para describirlo. Creo que abrir ese cajón ha sido como destapar la caja de Pandora o la de los truenos.
Mi abuela Reme falleció hará cosa de un mes. Pero eso ahora, para vosotros, carece de todo interés. No digo que no me sintiera apenado pero ahora eso ha pasado a un segundo plano. Además murió “de vieja” como se suele decir y a la hora de la siesta, después de su copazo de cognac. La muerte del justo creo que la llaman. De todas formas, insisto eso no tiene importancia ahora.
Ella fue siempre el puntal de la familia, la que de alguna manera (dejémoslo así) nos mantenía unidos. Hasta ahora, la recordaba como una abuela de las de manual, cocinera excelente y de raciones astronómicas, paciencia infinita y la que ofrecía algo de cobijo cuando en casa nos caía una buena bronca.
Accedí a ayudar a mi madre a vaciar el piso ya que de un tiempo a esta parte el curro flojea. Ella se encargaba de vaciar su habitación- ya que presumiblemente es donde estarían sus cosas más confidenciales si es que la hubiera- y yo del salón.
Hacía un buen rato que había vaciado las estanterías y puesto los libros para la parroquia- siguiendo las consignas de la Reme cuando me dispuse a vaciar los cajones. Mi atención era nula ya que no esperaba encontrar nada. Los vacié todos y tan sólo me quedaban los pequeños. Se abrían con llave.
Y no tenía la llave. Busqué pero nada. Entonces, recordé que un día la Reme me dijo que buscara lo que buscara siempre estaría en el horno. Al principio, ignoré esa premisa por absurda pero al cabo de varios minutos pensé que no perdía nada por buscar ahí.
Bingo. La llave estaba ahí. La metí en la cerradura, giré y se oyó “un clic”. Abrí el cajón y lo vacié, nada serio, facturas viejas y algún que otro rosario. Cuando lo cerré, noté algo raro. El cajón no cerraba del todo y eso me intrigó ya que todos los cajones estaban vacíos y no tenía sentido.
Saqué el cajón completamente. Había una especie de trampilla, apreté y del lateral salió una especie de escondite para papeles. A todo eso, mi madre seguía enfrascada, a lo suyo, ajena al descubrimiento que yo iba a hacer.
Cogí los papeles y me dispuse a leerlos. Necesitaba las gafas de leer pero mientras las buscaba me asaltó la duda.
¿Debía rebuscar y hurgar en los papeles secretos de mi abuela?
Mi abuela Reme falleció hará cosa de un mes. Pero eso ahora, para vosotros, carece de todo interés. No digo que no me sintiera apenado pero ahora eso ha pasado a un segundo plano. Además murió “de vieja” como se suele decir y a la hora de la siesta, después de su copazo de cognac. La muerte del justo creo que la llaman. De todas formas, insisto eso no tiene importancia ahora.
Ella fue siempre el puntal de la familia, la que de alguna manera (dejémoslo así) nos mantenía unidos. Hasta ahora, la recordaba como una abuela de las de manual, cocinera excelente y de raciones astronómicas, paciencia infinita y la que ofrecía algo de cobijo cuando en casa nos caía una buena bronca.
Accedí a ayudar a mi madre a vaciar el piso ya que de un tiempo a esta parte el curro flojea. Ella se encargaba de vaciar su habitación- ya que presumiblemente es donde estarían sus cosas más confidenciales si es que la hubiera- y yo del salón.
Hacía un buen rato que había vaciado las estanterías y puesto los libros para la parroquia- siguiendo las consignas de la Reme cuando me dispuse a vaciar los cajones. Mi atención era nula ya que no esperaba encontrar nada. Los vacié todos y tan sólo me quedaban los pequeños. Se abrían con llave.
Y no tenía la llave. Busqué pero nada. Entonces, recordé que un día la Reme me dijo que buscara lo que buscara siempre estaría en el horno. Al principio, ignoré esa premisa por absurda pero al cabo de varios minutos pensé que no perdía nada por buscar ahí.
Bingo. La llave estaba ahí. La metí en la cerradura, giré y se oyó “un clic”. Abrí el cajón y lo vacié, nada serio, facturas viejas y algún que otro rosario. Cuando lo cerré, noté algo raro. El cajón no cerraba del todo y eso me intrigó ya que todos los cajones estaban vacíos y no tenía sentido.
Saqué el cajón completamente. Había una especie de trampilla, apreté y del lateral salió una especie de escondite para papeles. A todo eso, mi madre seguía enfrascada, a lo suyo, ajena al descubrimiento que yo iba a hacer.
Cogí los papeles y me dispuse a leerlos. Necesitaba las gafas de leer pero mientras las buscaba me asaltó la duda.
¿Debía rebuscar y hurgar en los papeles secretos de mi abuela?
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